25.6.15

UN MIÉRCOLES DE MILONGA

Esta semana retomamos las refacciones en Villa Golondrina y la casa ENTERA está llena de polvo. Antes me desesperaba. Ahora me divierte. Cierro los ojos y sé que pronto se termina. Las cosas vuelven a su lugar y, de paso, el revuelo nos deja anécdotas que hacen con que la casa vaya teniendo su propia historia, que sea aún más hogar. Como esta, que me acordé, de otro miércoles como hoy. La escribo en presente pero es de cuando tiramos el baño abajo, el año pasado.

Entre la tierra y todo el lío que hay en casa por la refacción, nos vamos a una milonga. En un lugar donde te toman reserva pero tenes que buscar tu mesa, quizás cruzar toda la pista de baile hasta encontrarla, como nos pasa a nosotros. Recién del otro lado del salón encontramos una mesa con cartelito que dice Julieta. Sin apellido, pero nos hacemos cargo.
En una las sillas hay una campera de cuero. Le pregunto al señor de la mesa de al lado si sabe de quien es. No entiende muy bien de qué le estoy hablando y se ríe achinando los ojos. Tiene un traje color claro y un pañuelo muy bien puesto en el cuello. Un borracho impecable, sea dicha la verdad.

Nuestra primera botella de vino baja como agua para acompañar las empanadas. En el entretiempo de la orquesta Emi se levanta a buscarnos otro vino. Algunos hombres me invitan a bailar. Me da vergüenza, me siento como una nena. Sonrío pero paso.
Me gusta observar la variedad de parejas: desde lo más tradicional a petiso con alta, mujer con mujer, hombre con hombre, vieja con joven. Muchos tacos, muchos peinados. No dejo de pensar que podría haber aprovechado la ocasión para producirme un poco más.

La orquesta vuelve a tocar. Mientras el vino sigue bajando, hablamos de la campera y decidimos "ya fue, no tiene dueño, es nuestra". Hay presentación de parejas de tango. Bailan "Esta noche de luna", tema romántico si los hay. "La noche es azul, convida a soñar, ya el cielo ha encendido su faro mejor. Si un beso te doy pecado no ha de ser, culpable es la noche que incita a querer".

Emi se levanta una vez más. Ya estamos por irnos. Vuelve con dos botellitas de champagne. Como resistirme? Seguimos tomando y hacemos incontables planes imaginarios para la campera. Me la pruebo. Es mi talle. Es el destino. "Y si nos llevamos esta copas también?". Estamos bastante ebrios, claramente.

Ya somos muy pocos en el lugar. Veo una señora con pinta de extranjera que circula por el salón pero no está bailando. Parece buscar algo y casi no puede caminar. Yo le hago señas, la llamo. Sí, es la dueña de la campera. Pone cara de alivio y me dice gracias unas tres veces con mucho acento. "La pucha, perdimos la campera! Bueno... pero las copas las llevamos!".

La milonga termina pero el dj aún pone temas. Para los músicos que están sentados comiendo algo. Para los chicos de limpieza que ya empiezan a acomodar todo. Para nosotros dos. Porque si antes hasta para pasar por la pista lo hacíamos con respeto ahora ya estamos inventando pasos de tango juntos. Nos abrazamos, nos reímos, nos besamos descaradamente. Pecado no ha de ser. No decía así el tema?

Salimos a buscar un taxi. "Caminemos unas cuadras, hasta Paseo Colón". Nos equivocamos totalmente de lado. Más risas, más besos. Retomamos el rumbo y llegamos a casa.

Apenas 4 horas después, a las 8h de la mañana suena el timbre. Son los muchachos que están haciendo la refacción. Les abrimos la puerta y volvemos a acostarnos otro rato. Imposible dormir porque el ruido de la obra es tremendo así que nos levantamos nomas. Sobre la mesa están las dos copas. "En serio las trajimos? Que vergüenza, eso no se hace". Va la pava al fuego para el mate y marchan unas tostadas para tratar de arrancar el día. "La pasaste bien? Muy, RE. Joya, yo también. Te amo. También te amo".
© Circo GolondrinaMaira Gall