28.9.08

El Gran Palacio


En la puerta de entrada al Palacio Encantado, nos recibe Nero, el gato negro de ojos amarillos. El nos da la bienvenida y avisa que en este Palacio puede entrar el amigo y el enemigo, que da lo mismo porque el que entra, en verdad, no quiere salir. Y cuando sale, no sale igual. No es el mismo.
Nos dice que por allí el clima es cálido de día, casi caliente, bajo el techo de madera. Y a la noche el viento se encarga de refrescar el ambiente cuando pasa por las ventanas sin vidrio. Que durante todo el día la luz es amarillo mostaza, o una especie de ocre, como le gusta decir a la Reina.
En este Palacio se toma mucho café y cerveza. Se fuma, en total, 3 paquetes de cigarrillos por día. Y pasan cosas raras, insiste en avisar el gato negro. A veces al Rey se le ocurre pasar las mañanas en calzoncillos y a la Reina, en algunas madrugadas, se le da por sentarse en el sofá a oscuras, iluminada apenas por la brasa del cigarrillo.
Una vez adentro del Palacio, hay otro gato que nos recibe. Es mitad blanco, mitad negro y se llama Ricardo. Como para recordar un amigo que no está presente.
El nos lleva a conocer todos los rincones: el salón central, las habitaciones, hasta los baños y la cocina. Nos cuenta como fue puesta cada piezita del mosaico, que es de sentimientos, según el Poeta del Reino.
Son piezas inimaginables. En uno de los baños hay peces nadando en la pileta. En otro, lunas y planetas. Y la cocina está envuelta por duendes coloridos que parecen reírse cuando la cortina naranja vuela. El lugar es grandioso!
Después del recorrido, Ricardo se despide en la escalera. Abajo nos esperan Luna y Tommy, los perros no guardianes del lugar. Si, porque este es un Palacio de perros y gatos, de agua y de vino.
El salón de abajo es el lugar preferido de la Reina. Allí se puede verla sentada a una amplia mesa, bajo el techo de barriletes, mariposas y estrellas que ella misma dibujo. Con las piernas cruzadas, las manos delicadas, impecablemente manchadas con la tinta de sus pinceles. Y el cuello, por general, estirado como para oír mejor una canción que no cualquiera escucha. Y sus ideas bailan!
Tommy y Luna nos muestran también el Jardin, la cabaña de cortinas invisibles y el lago donde se presenta la Gran Orquesta de Sapos en las noches que le toca al Rey cocinar.
El mismo Rey que, después de cumplir sus tareas de los días, debe estar por llegar en cualquier momento. Ansioso por estar en el Palacio, cerca del cuello de la Reina. Que, según el, es el más lindo de todos los reinos y tiene olor a pan caliente todas las mañanas.
Mientras tanto, los perros nos van contando los grandes hechos de sus reyes. Las conquistas, los planes para un futuro sin límites. Hablan también de las fiestas que se hacen en el Palacio y cuentan como la gente come, toma, habla, baila y se ríe. Que es como una verdadera fiesta debe ser.
Dicen que los reyes extrañan mucho a sus hijos, el Príncipe y la Princesa. Que el Palacio mismo a veces estalla a la noche para decir que los extraña, y se lo puede escuchar diciendo "saudade", palabra de difícil traducción.
Pero que se sabe que ellos fueron a conquistar nuevos reinos y construir sus propios Palacios. Y con esa verdad, y otras tantas tan importantes, terminan sus días sonriendo, el Rey y la Reina.
Preguntados sobre las leyes del Palacio, los perros dicen que se obedece el dicho de que "libertad es responsabilidad". Que la única regla absoluta del Palacio es darse un beso antes de dormir y otro al despertar.
Cuando la noche está por irse y el nuevo día empieza a querer llegar, Tommy y Luna nos acompañan al portón del Palacio, donde también nos esperan Nero y Ricardo para despedirse, indicando que el paseo ha terminado. Porque en este Palacio se recuerda que la visita es buena dos veces: cuando llega y cuando se va.
© Circo GolondrinaMaira Gall