23.6.17

Insistir y realizar

Finalmente tuve la oportunidad de estar en Río de Janeiro en una fecha que coincidía con uno de los talleres que da mi mamá en su Atelier. Ella siempre se dedicó al arte, a aprender y a compartir herramientas, pero a mí, créanme, fue un bichito que sólo me picó hace un par de años. Cuando empecé a investigar sobre creatividad lo hice pensando en mi carrera de guionista, por el gusto de escribir y armar historias. Sin embargo, la búsqueda me llevó a querer más, a querer vivir otras formas de expresión creativa.

La propuesta del taller fue pintar un banco de madera, usando una técnica de collage que requiere hacer nuestras propias hojas de colores. La primera tarea fue elegir un color para el cuerpo de la pieza y arrancar con la pintura. Luego, mientras se secaba, pintamos las hojas en blanco que usaríamos en la etapa siguiente.

"Traten de aflojar la mano, permítanse diluir los colores, dejen que el pincel críe efectos", fueron las instrucciones. Todo sonaba muy lúdico, muy simple... pero cómo costó aflojar, cómo costó no seguir una forma y no buscar la supuesta perfección de un color pleno.

Con hojas y bancos pintados empezó la parte de trabajar la parte de arriba del banquito. Ya ahí se notaban las diferencias, cada pieza tenía su identidad. Me puse a pintar antes de pegar las figuras que había recortado, y a pensar la elección de los colores. Quería que tuviera un orden, una paleta coherente, quería que quedara lindo. Quería tanta perfección que no lograba avanzar. Nada me convencía, empecé a superponer camadas de pintura. Si estuviera sola en casa ese sería el momento en que dejaría de hacerlo, en que abandonaría el intento por el bloqueo del perfeccionismo, por el miedo a que quede feo.

Una de las chicas luchaba por ser prolija y dijo "esto hay que pensarlo bien". En la otra punta respondieron "uh, yo no estoy pensando, estoy pegando". Escuché el clic de la ficha cayéndose. Porque ahí me di cuenta de que yo estaba haciendo justamente lo opuesto: pensaba y no pegaba. Decidí que tenía que dejar de hacer cálculos, tenía que dejar fluir.

El efecto generado por las figuras me cambió el humor y me ayudó a resolver el dilema de los colores. El hecho de insistir (¡imaginen que ridículo sería si me fuera en la mitad del taller!) y de no medir cada uno de mis movimientos fue lo que me permitió disfrutar de la actividad y terminarla.
Chau bloqueo, listo mi banquito.

Me fui a dormir pensando en muchas cosas. En la belleza de que con las mismas indicaciones, cada pieza haya salido totalmente distinta. En este monstruo que aparece cuando quiero experimentar actividades distintas. En la necesidad de insistir para concretar lo que deseamos.

© Circo GolondrinaMaira Gall